‘Ruralizar’ la economía para volver a respirar

¿Debe y puede el mundo rural volver a ganar peso en la economía? Esta fue la pregunta que se hizo Gustavo Duch, director de la revista Soberanía Alimentaria en la apertura del ciclo “Por una rehumanización de la economía” que se celebra este mes en la Casa Encendida de Madrid. Duch propone que los pueblos y las ciudades produzcan los alimentos que necesiten, un cambio hacia una agricultura en la que cada país tome el control sobre su alimentación. 

21/4/2016
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Economía rural
Los países deben priorizar que su propia agricultura alimente a su población. Hablar de soberanía alimentaria es hablar de la capacidad de un país de producir los alimentos que su población necesita y de la voluntad de hacerlo. Pero no es lo mismo la soberanía alimentaria que la seguridad alimentaria, pues esta última se construyó desde la perspectiva de la demanda, cómo alimentar a una población, pero no desde el punto de vista de la producción, es decir, no entra en el problema de cómo se producen, dónde y por quién, esos alimentos necesarios. Y para Gustavo Duch, director de Soberanía Alimentaria, esa es la principal diferencia. “Los alimentos producidos maltratando a la tierra y a los animales no pueden ser muy buenos”, afirma. Por eso, es importante diferenciar si el alimento llega producido por manos humanas o por la industria alimentaria, que es un modelo globalizado capaz de elaborar cualquier cosa en cualquier sitio y trasladarla. De esta forma, los alimentos se producen explotando la tierra, llenándola de pesticidas y químicos y trabajándola sin descanso. “Los alimentos dejan de ser un bien nutritivo para convertirse en mera mercancía”, añade. 
 
Actualmente, en España hay 8.117 municipios, de los que 5.831 tienen menos de 2.001 habitantes (71,8% de todos los municipios). Son los considerados rurales. Por otro lado, 1.534 municipios tienen entre 2.001 y 10.000 habitantes, -considerados intermedios- y el resto son urbanos, 752 municipios. Sin embargo, y según datos del CSIC, solo 2,7 millones de personas vivían en 2014 en esos 5.831 pueblos rurales, por siete millones en los municipios intermedios y más de 37 millones en las ciudades. Estas estadísticas, certificadas por el Banco Mundial, muestran que solo el 19% de la población total de nuestro país vive en zonas rurales, sin que esto quiera decir que vivan de la agricultura. De hecho, según asegura Duch, en la comunidad autónoma de Cataluña, solo el 2,6 o el 2,7% es población campesina, -un dato extrapolable a comunidades como Madrid- por lo que es imposible que con tan poca población agrícola se pueda alimentar a todo un país. 
 

Acaparamiento de tierras

No hay que quedarse de brazos cruzados. “Hay que ir reforzando progresivamente nuestro tejido agrícola para que vuelva a crecer y tengamos así una presencia de agricultores mayor para generar que todos los territorios tengan una buena parte de su alimentación satisfecha”, añade. Puede parecer utópico, pero este tipo de medidas esconden un más que necesario trasfondo de justicia social. 
 
Actualmente, las urbes de todo el mundo ya acogen a más personas que el campo. El ‘sorpasso’ se produjo en 2014 y desde entonces la brecha no ha dejado de crecer. Y mientras en el hemisferio norte nos alimentamos gracias a los monocultivos de los países del Sur, existen cerca de 1.000 millones de personas en esos mismos países que pasan hambre. Por ende, esta vuelta al campo, a la agricultura, no es más que una medida vital para acabar con la mayor de las injusticias que sufre el ser humano: el hambre. 
 
Pero, ¿por qué se pasa hambre? Hoy se produce comida para 12.000 millones de personas, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), cuando en el planeta habitan 7.000. Comida, hay. Entonces, ¿por qué una de cada siete personas en el mundo no tiene alimentos? La respuesta la da Vicent Garcés, coordinador del Foro Mundial sobre el Acaparamiento de los Recursos Naturales, participante también en estas jornadas de rehumanización de la economía. Los conflictos agrarios y las luchas por mantener u obtener acceso al control sobre la tierra no son fenómenos nuevos en África, Asia y América Latina. “Campesinos, pastores y pueblos indígenas han visto cómo sus tierras han pasado a manos de actores poderosos, sobre todo de sus Gobiernos, elites nacionales o inversionistas empresariales”, explica. 
 
El acaparamiento de tierras comenzó a intensificarse durante los últimos diez o quince años con la adopción de las políticas de desregulación, los acuerdos de comercio e inversión y las reformas de mercado de políticas marco. Las recientes crisis alimentaria y financiera aumentaron el ímpetu de esta oleada de inversiones en tierras agrarias por parte de gobiernos e inversionistas comerciales. Aun así, son factores diferentes los que explican esta reciente oleada de aumento del acaparamiento de tierras. “La presión creciente para producir agrocombustibles como alternativas a las energías fósiles está creando una demanda artificial en los cultivos comerciales”, asegura Garcés. 
 
Esta compra masiva de suelo fértil por parte de inversores extranjeros ha provocado la expulsión de millones de campesinos de sus tierras, disminuyendo así la capacidad de estos países de autoabastecerse. Aun así, es difícil calcular la magnitud exacta del actual acaparamiento de tierras, pero se estima que entre 50 y 80 millones de hectáreas de cultivo han sido transferidas de los agricultores campesinos a grandes corporaciones. 
 

Equilibrar la balanza

La conclusión que podemos sacar de todo esto es que se ha dejado de cuidar la tierra. En un mundo globalizado y mercantilizado, los alimentos se han convertido en una mera herramienta más para enriquecerse. La producción se multiplica a base de químicos y pesticidas y la calidad de lo que comemos desaparece. “Estamos alimentándonos de plásticos y petróleo”, añade Duch. 
 
Y es cierto. Es importante reequilibrar la balanza y recuperar poco a poco la importante clase campesina española y europea. Es más, es necesario transformar la mentalidad de los agricultores que perduran en las zonas rurales, pues muchos de ellos no se consideran campesinos, sino empresarios agrarios. Este modelo les lleva a producir y acumular sin reparo, sin cuidar la tierra ni a los animales. Igualmente, los pequeños agricultores que sí tienen una mentalidad sobria y justa, no pueden sobrevivir porque las distribuidoras compran sus alimentos a precio de risa. Están explotados por muy poco dinero y las cuentas no les salen. Por eso hay que romper con esa tónica, ‘desurbanizar’ las ciudades, ‘ruralizar’ la economía y recuperar la soberanía alimentaria que poco a poco nos han robado.
 
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