¿A quién le interesa que perdure la violencia machista?

Cada año más de 50 mujeres son asesinadas por sus parejas o ex parejas. La visibilización de esta violencia machista es cada vez más patente, sin embargo no se consiguen resultados. ¿Por qué? Porque las penas son de risa. De hecho, el 86% de los condenados por violencia de género no ingresa en prisión, sino que ve sustituidas sus penas por trabajos en beneficio de la comunidad. Parece ser que no hay un interés real en acabar con este tipo de violencia patriarcal. Quizá, porque el sistema capitalista depende de ella. 

16/12/2015
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violencia machista
Hace unos años, las campañas automovilísticas empezaron a copar televisiones, radios y periódicos. El Estado había decidido que ya era hora de parar con la sangría que cada año destrozaba a cientos de familias españolas. Se trabajó en la mejora de las infraestructuras, pero, sobre todo, se creó conciencia. Se enseñó educación vial en las escuelas. Se tocó el bolsillo y la vía penal a los conductores. Las penas por no llevar el cinturón, por sobrepasar los límites de velocidad, por viajar sin casco o por hablar por el móvil al volante aumentaron considerablemente. La pérdida de puntos del carné y la pena de cárcel para los conductores más peligrosos se pusieron a la orden del día. Y funcionó. En la actualidad, España se sitúa en la quinta posición del ranking europeo por tasa de víctimas mortales en accidente de tráfico, con 36 fallecidos por millón de habitantes, muy por debajo de la tasa europea que se sitúa en 52 y por delante de países como Francia, Alemania, Italia o Finlandia. Es decir, se ha creado conciencia. Y ha habido resultados positivos tangibles. 
 
Entonces, me pregunto, si está demostrado que con educación y castigo por incumplimiento se puede concienciar en muy pocos años a una población tan tradicionalmente díscola como la española, ¿por qué no se pone el Estado manos a la obra para acabar con la violencia machista al igual que hizo con el número de víctimas en carretera? Quizá la comparación os sorprenda, pero mientras en los últimos años el descenso de víctimas en carretera ha caído a los niveles de los años 60 del pasado siglo, cuando el parque automovilístico era mucho menor, el número de mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas crece o se mantiene estable año tras año, rondando siempre entre las 60 y las 80 víctimas mortales. Se aprobó una ley contra la violencia de género, se hicieron y se han hecho campañas de concienciación, se informa puntualmente en los medios, pero no se obtienen resultados. ¿Por qué? Solo me cabe una respuesta: porque las penas son muy bajas y porque, realmente, no existe predisposición estructural a combatir la violencia machista. 
 
¿Os parece exagerado? Solo tenéis que echar un vistazo al debate a nueve de la pasada semana. Uno de los bloques fue la violencia de género y sorprendió que Marta Rivero, representante de Ciudadanos, defendiera a capa y espada la retirada del agravante de género en las penas por violencia machista. “Tan grave es que un niño vea como su padre mata a su madre que al revés”, argumentaba Rivero. Sin obviar esta lógica demagógica, resulta muy llamativo que sea una mujer la que rechace que las mujeres son asesinadas precisamente por su condición de mujer. La violencia machista se inscribe en un sistema, el patriarcado, que desde hace miles de años empuja a la mujer hacia la sumisión y la opresión por parte del hombre. 
 
Además, las penas son realmente insuficientes. El 86% de los condenados por violencia de género no ingresa en prisión, sino que ve sustituidas sus penas de prisión por trabajos en beneficio de la comunidad, tal y como recoge el Informe 2014 del Observatorio Estatal de Violencia sobre la Mujer. Así, menos de dos de cada 10 culpables de violencia machista entra en la cárcel. De las 28.275 condenas que los juzgados dictaron en el año 2013 por delitos de violencia contra la mujer, según datos del Consejo General del Poder Judicial, 4.058 significaron el ingreso en prisión, es decir, el 14,3%, según Instituciones Penitenciarias. Así, 24.217 condenados por violencia sobre la mujer no pisaron la cárcel. Y de ellos 22.487 cumplieron su sentencia con “trabajos en beneficio de la comunidad”.
 
Por eso, y para destacar este tipo de asesinatos y su camuflada complicidad gubernamental, la activista estadounidense Jane Caputi, que la pasada semana ofreció una interesante ponencia en Madrid, acuñó en la década de 1990 el término feminicidio para referirse a la violencia sistemática que sufren millones de mujeres en el mundo. “El feminicidio es el asesinato de mujeres por hombres motivados por el odio, el desprecio, el placer o el sentido de posesión que estos tienen hacia las mujeres”. Según Naciones Unidas, al año mueren por esta causa más de 66.000 mujeres en todo el mundo. Pero el feminicidio va mucho más allá, pues no solo abarca el asesinato y el maltrato, sino que también se refiere al sexismo, la misoginia o la idea de que una mujer pertenece a un hombre y ha de subordinarse a él e incluso temerle. 
 

Un problema ‘reciente’

Históricamente, se ha usado el término patriarcado para designar un tipo de organización social en el que la autoridad la ejerce el varón jefe de la familia, dueño del patrimonio, del que formaban parte los hijos, la esposa, los esclavos y los bienes. La familia y el concepto de propiedad son, por tanto, dos de los motivos básicos de este orden social. “Pero este orden social solo tiene 7.000 años de historia”, remarca Caputi. 
 
Las primeros humanos surgieron hace dos millones de años y hace 250.000 años comenzó la etapa más importante en el desarrollo de la humanidad. Aquellas civilizaciones eran matriarcales, adoraban a la madre naturaleza y sus símbolos religiosos incluían principalmente diosas voluminosas que representaban la fertilidad. Todavía hoy muchas culturas indígenas que incluyen ese amor a la Madre Tierra que se fue poco a poco perdiendo en el Neolítico para dar paso a un pensamiento individualista, egoísta y patriarcal. “Por tanto, explica Caputi, si durante más de 200.000 años las sociedades no fueron patriarcales, ¿por qué no vamos ahora a poder acabar con esta reciente opresión?”.
 

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Con el paso de los siglos, el concepto de patriarcado –aupado por las religiones mayoritarias- se extendió cobijado en la idea de la familia tradicional. El poder y control de los varones fue generalizado y las mujeres se vieron recluidas en sus viviendas, a las órdenes de su esposo. Y la publicidad hizo el resto. Hombres pisoteando a mujeres sin pudor alguno, haciendo gala de su “hombría”. Mujeres secuestradas en sus cocinas, manejando lavadoras y planchas para tener siempre contento al varón. Por desgracia, y a pesar de la lucha feminista por conseguir romper estas cadenas, todavía hoy en día la publicidad sigue siendo una herramienta perversa en manos del patriarcado.  
 
La única conclusión que obtengo es que al sistema capitalista no le interesa acabar con esta lacra. Cada vez más personas relacionan el feminismo con la ecología con el objetivo de recuperar aquella simetría entre madre y tierra que todavía hoy conservan algunas comunidades indígenas. Pero eso no interesa al capitalismo. Si el ser humano volviera a concienciarse sobre la importancia de la naturaleza y del medio ambiente rechazaría de plano el urbanismo salvaje y atroz que enriquece al sistema capitalista y, especialmente, a sus impulsores. El poder económico actual no tolera que conceptos como la propiedad privada puedan cuestionarse. Todo tiene que tener un dueño, especialmente privado. Y quizá por analogía, esta cuestión lleva a entender a muchos hombres que son ‘dueños’ de las mujeres con las que comparten su vida: madre, hermana, esposa, hija. 
 
Queda mucho trabajo por hacer. Acabar con la violencia machista no va a ser fácil, especialmente cuando se percibe como uno de los valores intrínsecos al sistema capitalista y a instituciones tan fuertes como la Iglesia o la familia tradicional. La dominación sobre la mujer y sobre la Madre Tierra que defiende la economía reinante es más que patente. El hombre por encima de todo, por encima incluso de la supuesta “creación divina”. Hoy en día, las mujeres tienen vetado los altos puestos directivos. Apenas tienen espacio en la política de primera línea. Las multinacionales no las tienen en cuenta a la hora de tomar decisiones. Y lo que es más grave: en las escuelas, institutos y universidades no se estudia el feminismo, cuando debería ser una materia trasversal a todas las demás. Por eso, el rol machista sigue germinando en la juventud. Pero hay que seguir peleando. No podemos caer en su engaño. El feminismo ha de estar más presente que nunca. Necesitamos interiorizarlo, pues la solución está dentro de cada uno de nosotros. Y no es solo tarea de las mujeres. Los hombres también tenemos un papel fundamental. 
 
El sociólogo Jokin Azpiazu publicaba hace un año un interesante artículo en la revista Pikara Magazine. Lo cerraba de manera brillante: “En las dos últimas décadas las teorías feministas han cuestionado el carácter binario del sexo. A pesar de las diferentes opiniones en el seno de los movimientos sociales, diría que los debates han sido ricos y productivos. Sin embargo, nosotros todavía ni nos hemos planteado en la mayoría de los casos qué hacer con la masculinidad: ¿reformarla?, ¿transformarla?, ¿abolirla? Parece que sentimos más apego del que pensábamos hacia la masculinidad, seguramente porque de manera consciente e inconsciente sabemos que los privilegios que nos aporta no están nada mal”. Por tanto, concluye, “sin obviar que la deconstrucción de la feminidad y la masculinidad conlleva consecuencias diferentes a muchos niveles, deberíamos intentar atender al debate sobre si queremos ser otros hombres, hombres distintos o simplemente menos hombres”. 
 
 
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